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El miedo a lo nuevo: un eco que resuena desde la antigüedad

 

Alguna vez, hace muchos siglos, Sócrates (sí, el mismo que dio origen a toda una forma de pensar) advirtió que la escritura corrompería la memoria, haría que los hombres dejaran de pensar por sí mismos y dependieran de signos externos. Curioso, entonces, que todo lo que sabemos de él provenga de las obras de su discípulo, Platón, quien sí decidió escribir.

Este gesto de desconfianza hacia lo nuevo no murió con Sócrates. Cicerón, en la Roma antigua, lamentaba la fragilidad de la memoria humana y veía en la escritura una muleta necesaria, aunque también peligrosa. Se cuenta que su memoria era tan mala que, si no anotaba, olvidaba dónde dejaba sus sandalias. Humano, demasiado humano.

San Isidoro: el primer “Google” de la historia

En la Edad Media, San Isidoro de Sevilla dedicó su vida a compilar conocimiento en sus Etimologías. Fue tal su afán por ordenar el saber, que en 2001 el Vaticano casi lo nombra patrón de Internet. Aun así, él mismo advertía:

“La multiplicidad de libros solo trae confusión”.

Una idea que, siglos después, todavía resuena en debates sobre el exceso de información.


La imprenta y el temor al libro impreso

El nacimiento de la imprenta en el siglo XV desató una nueva ola de recelo. Los copistas perdieron su monopolio, los libros se volvieron accesibles y, con ellos, llegaron las alarmas. La Iglesia, preocupada por las ideas “heréticas”, creó el Índice de libros prohibidos, y hasta la Biblia fue censurada si se traducía al lenguaje común.

El naturalista suizo Conrad Gessner alertaba de los peligros de tanta lectura:

“El exceso de libros generará una sobrecarga de información, perjudicial para la mente del pueblo”.

Radio, revistas, televisión… y siempre la misma historia

Cada medio nuevo fue recibido con el mismo guion. En 1936, la revista The Musician afirmaba que la radio distraía a los niños y afectaba su concentración. Más adelante, la televisión fue acusada de crear espectadores pasivos, y los videojuegos, en los años 90, de corromper a la juventud.

Internet y redes sociales: ¿superficialidad o adaptación?

Con la llegada de Internet, surgió una nueva preocupación: ¿nos estamos volviendo incapaces de concentrarnos? El periodista Nicholas Carr, en The Shallows, decía que navegar por la red era como vivir en la superficie del pensamiento, sin profundizar.

Pero quizá no hemos perdido la atención, solo la hemos repartido. Podemos concentrarnos durante horas en una película o distraernos en segundos en TikTok. Lo que cambia es el contexto, no la capacidad.

La inteligencia artificial: nuevo siglo, viejos temores

Y ahora, en pleno siglo XXI, la inteligencia artificial ocupa el lugar de la nueva amenaza. Stephen Hawking habló del riesgo de crear algo que nos supere. Bill Gates expresó su preocupación por no poder controlarla. Y Elon Musk, siempre teatral, dijo:

“Estamos invocando al demonio”.

Paradójicamente, invirtió después en empresas de IA, quizá para estar cerca del demonio o, quién sabe, para dirigirlo.

¿De qué tenemos realmente miedo?

Lo cierto es que este patrón se repite porque el miedo a lo nuevo no es tecnológico, sino profundamente humano. Cada avance nos obliga a replantear quiénes somos, qué control tenemos y hacia dónde vamos.

Algunas preguntas que persisten:

  • ¿El miedo es el precio del cambio?

  • ¿Realmente perdemos algo con cada avance?

  • ¿Y si, en vez de temer a la IA, la entendiéramos como una herramienta más?

Un hilo que nunca se rompe

Desde Sócrates hasta hoy, desde los papiros hasta los algoritmos, el temor a la tecnología no ha cambiado. Cambia el medio, cambia el lenguaje, pero la inquietud sigue siendo la misma: ¿nos hará esto menos humanos?

Tal vez la respuesta no esté en resistirse, sino en aprender a convivir con el cambio, una y otra vez, como lo hemos hecho desde que aprendimos a escribir.

Fuente del artículo original:
Josep Maria Mainat – La Vanguardia

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